Inseguridad: una historia de espartanos

“Un chico fue víctima de un violento asalto y decidió ayudar al ladrón a través del deporte”

Ese es el título de una nota publicada el Miércoles 23 de Noviembre de 2016 en el sitio web del diario Los Andes (pongo el link al final del post). Busqué más: encontré otra nota en el sitio web de La Nación. También pongo el link más abajo. Además se hicieron eco de esta noticia, hasta donde pude ver, Continental, TN, Clarín, Cadena 3, Minuto Uno. Todos los links están al final del post.

“Bueno, ¿y qué pasa?”, puede peguntar alguien. Nada, pasa que busqué tanto porque me pareció una historia cuasi fantástica en un momento en el que lo que se suele ver en los medios es cómo los vecinos de tal o cual lugar lincharon a un ladrón.

La Crónica Policial (o algo así)

El Hecho

Lo que aparentemente ocurrió fue que un día de Octubre de 2016, un chico de unos 19 años llamado Javier entró a una casa de San Isidro a robar. Allí amenazó con un cuchillo a la hija de la familia. El padre, Héctor, le entregó dinero, celulares y hasta se ofreció a llevarlo a donde quisiera en su auto, todo para “sacar” de la casa al malhechor, para proteger a su familia. Subieron al vehículo y mientras eso ocurría, otro familiar llamó a la policía, quienes dieron con el auto y comenzaron a perseguirlo.

La Cana

En plena persecución parece que la policía disparó tres tiros. Ya empezamos mal porque, recordemos, el ladrón estaba armado con un cuchillo, no con una pistola, es decir, si bien el auto estaba siendo perseguido, nadie desde dicho auto amenazó la vida de los policías. Dispararon para detener el auto. Las armas de los policías no son para detener autos. De hecho, las armas de los policías no son prácticamente para nada, salvo para cuando la vida del policía o de alguien más está efectivamente amenazada y solo un corchazo puede detener la amenaza. Repito: dispararon para detener un auto sin que nadie desde dicho auto amenazara la vida ni la integridad de los policías ni de nadie más. Cuando finalmente el vehículo se detuvo y Héctor se bajó, por algún motivo los canas volvieron a disparar destrozándole el fémur (sí, a Héctor). Según una de las notas que leí, los tres policías fueron separados de sus funciones. Esa misma nota indica que cuando la policía apresó al ladrón, obviamente tomó posesión de los bienes materiales robados. La familia Beccar Varela denuncia que cuando finalmente les hicieron la devolución de dichos bienes, faltaba plata, a lo que les respondieron que eso es lo que le secuestraron al ladrón. Suponiendo que la familia Beccar Varela no esté equivocada o mintiendo en cuanto a la suma entregada al ladrón (y no tenemos motivos para suponer que mientan) se infiere que la policía, además de herir a Héctor, también les robó. ¿Vamos viendo cómo son las cosas? Si hubiera que hacer un titular de eso, yo pondría “San Isidro: policías roban el botín de un ladrón y hieren a la víctima del robo”.

Nada Raro

Hasta ahí podemos decir que es una crónica bastante “normal”. Sí, digo “normal” porque si bien uno se puede horrorizar por el hecho de que fueron los policías (y no el ladrón) los que hirieron a la “víctima” y que también fue la policía quienes terminaron robándole a la familia, creo que ya tenemos bastante incorporado que la policía es, en líneas generales, un desastre. Que la mayoría se conducen mal en sus funciones, que muchos no están debidamente preparados ni técnica ni psicológicamente para portar un arma de fuego ni autoridad alguna. Que la cana no es solución sino parte (y una gran parte) del problema de la llamada “inseguridad”. Este es un posteo con muchas comillas.

La Historia

Demonización

Pero lo bueno de todo esto, es que el ladrón no había entrado a cualquier casa. Había entrado a la casa de Tomás, quien vio toda la secuencia: cómo el delincuente amenazaba con un cuchillo a su hermana y que Héctor se fue con “el malviviente” (soy re periodista) en su auto. Y luego se enteró que su padre estaba internado con una pierna prácticamente destrozada. Muy fácilmente Tomás podría haber culpado lisa y llanamente al ladrón por absolutamente todo eso. De hecho, me juego a decir que eso es lo que haríamos la mayoría: demonizarlo, concluir que se trata de una mala persona, alguien sanguinario a quien no le importa nada. Ese razonamiento implica creer que existen personas así, malvadas, por arte de magia, por los genes, por lo que sea, pero que el problema es que “son malos”, vienen así de fábrica. Y que de “ser malo” no se vuelve. Y de ahí rápidamente podemos a pasar al famoso “hay que matarlos a todos”. Y a “todas”.

Preguntarse “¿Por Qué?”

La mayoría cubriría a Javier de etiquetas, lo cubriría tanto que se dejaría de ver la persona y solo quedaría una forma pseudohumana (“chorro”, “negro de mierda”, “villero” etc. ) condenada a vagar sin entidad entre la gente. El caso es que Tomás no hizo esto. Según cuentan las varias notas que leí, Tomás al principio sintió bronca, pero luego se preguntó “por qué”. ¿Por qué alguien roba? ¿Por qué alguien se mete en una casa con un cuchillo u otra arma y amenaza gente y puede llegar incluso a herirla o matarla? Entonces Tomás averiguó sobre Javier, quiso saber quién era. Y en ese acto, no lo trató como a un objeto, como a una cosa, en ese acto lo humanizó. Quizá sin saberlo, al preguntarse “por qué” y al ir averiguando, Tomás fue armándose una perspectiva más en 3D de Javier. Tomás averiguó que la mamá de Javier había muerto, que el padre lo había abandonado, que su hermano había estado en la cárcel, que Javier nunca había aprendido a leer y a escribir. No puedo saber qué sintió Tomás o cómo procesó todos esos datos que investigó, solo puedo especular.

Puedo especular que quizás Tomás vio que con esa biografía, Javier no tenía muchas chances de actuar de otra manera. Que Javier nació y creció en un mundo en el que predomina la brutalidad. ¿Cómo va a encarar las cosas alguien que solo vivió entre brutalidad? ¿Qué herramientas recibió Javier para vivir la vida?

Los Espartanos

Inseguridad, Javier y Tomás Beccar Varela

Javier y Tomás

Entonces, Tomás se contactó con un conocido de él, Coco Oderigo, entrenador de rugby, que trabaja en Los Espartanos, que se define como “un colectivo de apoyo para convictos que funciona en el penal de San Martín y que procura generar, en personas privadas de su libertad de todo el país, una transformación en su forma de pensar y en sus corazones, para lograr así una baja en el promedio de reincidencia delictiva” y que lo hacen a través del “rugby, la fe cristiana, el apoyo para la continua educación y la preparación para el empleo”. Y Tomás logró que transfirieran a Javier al penal de San Martín y que fuera integrado a Los Espartanos. O sea, Tomás hizo cosas activamente para que la persona que entró a su casa de manera violenta, le puso un cuchillo a su hermana y que de alguna manera fue la causa eficiente para que su padre terminara casi sin pierna, fuera transferido de una unidad carcelaria a otra, cosa que imagino no debe ser fácil, con el explícito objetivo de que fuera incorporado en Los Espartanos pensando que esto lo podía ayudar. El tiempo dirá qué pasará con Javier, pero me arriesgo a decir que no importa tanto el resultado concreto.

Hacer Algo Distinto

Sí, tengo algún reparo con eso de la fe cristiana, pero, por otro lado, yo no armé ni participo de ningún grupo que hace una tarea como esa en las cárceles, así que, siempre y cuando no haya imposiciones de ningún tipo (ni moral, ni doctrinaria, ni religiosa), si ese componente cristiano ayuda, bienvenido sea y cierro la boca.

Sí, también me parece un poco naïve la definición, un poco Flanders, porque de alguna manera se entre-lee (o yo entre-leo) que subsiste una cierta idea de “te vengo a salvar” o “te muestro el camino”, que no me parece el enfoque más interesante. Pero (me) repito que en realidad no importa. Da igual si lo que hacen Los Espartanos no tiene incidencia, porque a mi lo que me parece que tiene validez es la respuesta de Tomás: a quien lo agredió, en vez de responderle con agresión, le respondió con tomarse el trabajo de saber quién es esa persona, por qué lo agredió a él y a su familia y, una vez se hubo dado cuenta de de dónde provenía ese ser humano, intentar ayudarlo.

Yo creo que eso es beneficioso por el simple hecho de que esas personas que, como Javier, quizá siempre sintieron que estaban solos, que no le importaban a nadie y que la única forma que tenían de subsistir era a los cuchillazos, empiezan a sentir otra cosa, empiezan a vivir otro tipo de relaciones humanas. No importa si la impronta es cristiana, humanista, budista, lacaniana, naïve, sofisticada, si viene por el lado del arte o de enseñar un oficio. Es ese interesarse por el otro, abrirle una puerta a alguien, creo yo, lo que hace la diferencia. Se me ocurre que cualquiera que se conozca mínimamente sabe lo que genera el sentir que le interesamos a otro(s). Y creo que cualquiera que haya realizado cualquier tipo de actividad social por verdadero gusto lo sabe. Por eso tampoco sirve demasiado que alguien dé talleres en cárceles solo porque es su laburo, que solo vaya a cumplir su horario y tomárselas a ver Netflix. Es el interés por el otro el que puede hacer que alguien deje de sentir que para los demás solo es un conjunto de etiquetas infrahumanas. Y ahí quizá ese tipo o tipa empiece a querer algo distinto para sí. Porque para mí no se trata de “lograr una transformación en la forma de pensar” (perdón Los Espartanos, no pude evitarlo, igual los re banco), como si se tratara de una ideología del mal que tienen esas personas. Se trata de que él o ella experimente que existen otras formas de existir más que la brutalidad. Y que sencillamente no quiera más brutalidad en su vida ni en la vida de los que los rodean.

Lo bueno es que así como existe mucha brutalidad en el mundo (y no solo de la mano de los “javieres”: neoliberales, capitalistas y políticos, los estoy mirando), quizá de forma más silenciosa, con menos prensa, existen muchos “Tomás-Beccar-Varelas” y muchos “Los-Espartanoses” que apuestan a otra cosa en vez de simplemente reclamar “justicia”, que muchas, muchas veces se usa como sinónimo de “venganza” cuando no se recurre directamente al linchamiento. Mucha gente que sufrió la pérdida de alguien en un hecho violento como un asalto o incluso un “accidente” de tránsito ocasionado por algún/a imbécil que hace las cosas mal, dicen sentir cierto alivio cuando finalmente un tribunal condena a el/la(s) responsable(s). Otros no. Muchos de los que dicen sentir alivio, con el tiempo descubren que no hubo tanto alivio en definitiva. Otros, como (¿el ingeniero?) Blumberg hacen su catarsis con mucho espamento (y, vamos, aspiraciones políticas) y con un discurso que viene de y fomenta el odio. Pero también he leído de mucha gente, familiares de “víctimas” de hechos violento, que han hecho otra cosa, que han hecho algo parecido a lo que hizo Tomás. Alguno que otro, incluso, orientó su vida hacia otro lado, hizo de la construcción de algo nuevo una tarea personal. Entiendo que esas personas, como Tomás, también se preguntaron “por qué” y salieron a buscar esas respuestas. Y las encontraron y empezaron a actuar. Y parece, dicen, que eso trae bastante más alivio. También he sabido de personas que han sufrido violación que no habiendo encontrado paz en el hecho de que su agresor haya sido encarcelado, sí encontraron paz en comenzar a asistir a su vez a otras personas que sufrieron violación, alentándolas a hablar, a denunciar o simplemente intentando reconfortarlas. Sí, que alguien que mata, roba, viola o perjudica a otros de cualquier manera reciba su castigo de acuerdo a los códigos legales, está bien. Pero parece ser que para sanar las heridas que quedan adentro, el castigo al infractor no ayuda tanto. Parece ser que más bien lo que ayuda es encarar tareas de construcción, de ayudar a otro/as. Y tiene sentido: yo recibo una agresión que me produce secuelas emocionales, que el/la agresor/a reciba las consecuencias legales de sus actos está muy bien, pero eso no hace absolutamente nada con mi secuela emocional.

Hay un razonamiento que para mi es bastante lógico: si no quiero sufrir, yo o alguien querido, hechos de brutalidad (y recordemos que “brutalidad” no es solo la violencia física o verbal: la violencia económica, laboral, política, religiosa, moral, sexual, de género y psicológica también trae como consecuencia respuestas brutales), en vez de responder con más brutalidad, parece que lo que conviene hacer es, justamente, aportar con lo contrario hasta que de a poco, muy, muy de apoco, la brutalidad sencillamente deje de existir.

Los Prometidos Links

http://www.losandes.com.ar/article/un-chico-fue-victima-de-un-violento-asalto-y-decidio-ayudar-al-ladron-a-traves-del-deporte

http://www.lanacion.com.ar/1958989-busco-al-joven-que-lo-asalto-y-lo-ayudo-a-sumarse-a-un-equipo-de-rugby-en-la-carcel

http://www.lanacion.com.ar/1958797-busco-al-joven-que-lo-asalto-y-lo-ayudo-a-sumarse-a-un-equipo-de-rugby-en-la-carcel

http://www.continental.com.ar/noticias/sociedad/tomas-beccar-varela-victima-de-la-inseguridad-que-ayuda-a-reintegrar-a-su-asaltante/20161124/nota/3312640.aspx

http://tn.com.ar/sociedad/un-rugbier-de-18-anos-ayudo-al-ladron-que-lo-asalto-para-que-pueda-jugar-en-la-carcel_756765

http://www.clarin.com/sociedad/carcel-jugar-rugby-entrado-robar_0_1693030704.html

http://www.lanacion.com.ar/1944833-un-medico-victima-de-la-violencia-policial

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