Balcón

Era una noche de calor en Buenos Aires, una de esas en la que la ciudad parece abrazarlo a uno con su aliento pegajoso. Estábamos en el balcón sedientos de charla, una charla que escaseaba como el suministro eléctrico.

Yo dije, finalmente, algo y ella me interrumpió con su silencio, acuchillándome con una mirada que hedía a compostura y reserva. Continuamos matándonos a silencios durante varias horas. Para cuando asomaron los primeros rayos de sol, ya no quedaba nada por callar. Ella anunció que se iba. Nos saludamos y bajó. Yo me quedé en el balcón, viéndola irse, destrozando la vereda a taconazos.

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