La Muerte

Lo que duele es el vacío. Lo que duele es la contundencia de la ausencia, lo eterno de esa ausencia, lo irreversible de esa ausencia. Lo que duele es que aquel o aquella no estará para darnos un abrazo, un consejo, una caricia, una reprimenda. Duele que ya no compartiremos charlas, comidas, festejos, incluso rencores, discusiones, disgustos. Lo que duele es que “me han quitado” algo. Y “me lo han quitado” para siempre, irremediablemente.

Duele la culpa. “Yo debería haber… ” o “Si yo hubiera… “. Duelen las postergaciones. “Nunca le dije que… “. Pero nada de eso importa ya. Son anécdotas, anécdotas ínfimas en un océano de sucesos.

Lo que duele es el desconcierto. Duele por no comprender, por no saber qué es aquello a lo que llamamos “muerte”, la incertidumbre nos duele. Duele porque ante la muerte de un ser querido, se nos impone nuestra propia muerte, nuestro propio terror ante el eventual (e ineludible) fin de nuestra vida.

Hay quienes creen en otra vida o una continuación de la vida tras la muerte. No he tenido, por ahora, ninguna experiencia que me indique que esto es así. No lo niego, pero no lo afirmo. Sin embargo, sí creo en ciertas formas de eternidad y continuación.

Así como es contundente e irreversible su muerte, de igual manera son contundentes e irreversibles sus acciones. Esto no es tan fácil de ver, no es tan patente. Incluso, aunque alguien nos lo diga, tendemos a negarlo, decimos que puede ser, pero lo más importante es que “ya no está”. Sin embargo, las acciones que él o ella han lanzado al mundo son tan contundentes e irreversibles como su ausencia. Cada pequeña acción que él o ella realizó, grande o pequeña, habilitó otra serie de acciones, en una cadena infinita que no se detendrá nunca más. Nunca más y eso es enorme. Pasamos por aquí dejando huellas en el mundo de las personas, dejamos marcas en la gente, impactamos en la gente, tanto para bien como para mal. Si al pensar en las huellas que él o ella han dejado en su paso por este mundo, sentimos que en su mayoría son huellas de bondad, que han influido positivamente, que han ayudado, que han habilitado, entonces celebremos y festejemos su paso por este mundo.

Sí, celebrar y festejar. A alguno le parecerá “mal”, a otro le parecerá desacertado. “La muerte es algo grave y solemne”, dirá uno. “¿Cómo podrías festejar en un momento así?”, se escandalizará otro. Porque reconozco las acciones habilitadoras y positivas. Porque celebro la buena huella que él o ella ha dejado en el mundo de la gente. Porque agradezco con alegría, sí, que hayamos sido parte. Y eso no impide que sienta tristeza. Pero la equilibra, porque si me pongo triste ante la contundencia e irreversibilidad de la muerte, ¿cómo no alegrarme ante la contundencia e irreversibilidad de las huellas dejadas, de la cadena de acciones interminables? Y que esta partida sirva también para reflexionar: ¿qué tipo de huella estoy dejando yo en el mundo de la gente?

Estas reflexiones no intentan ser un consuelo. Intentan mostrar que existe otro lado de la moneda, ante la intransigencia inamovible de la muerte, existe también la intransigencia inamovible de la huella dejada, igual de contundente, expansiva, eterna, impredecible. Lloremos, por qué no, la ya irreversible ausencia de un ser querido. Pero de igual manera, sonriamos y regocijémonos ante la bondadosa huella que él o ella ha dejado.

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